Adiós, Felipe…
Adiós, Felipe…
04.04.2009 | 0 Comentarios
No lo conocí. A él no lo conocí. Sólo a su padre y sólo en el transcurso de una entrevista, durante la cual me impresionó su valor, inteligencia, energía y visión. Imagino, en verdad estoy seguro, que Felipe era igual y posiblemente mejor. ¿Acaso no era un niño? ¿No son, los niños, las emanaciones más puras de lo mejor de nosotros? ¿No son ellos quienes miran el mundo con mirada fresca y penetrante? ¿Acaso no decimos y repetimos que el genio o el santo es quien no ha hecho sino preservar a ese niño en su mente y su corazón? Lo que haya de bueno en nosotros no es otra cosa que el niño que guardamos, el que aun late dentro del pecho, aunque este se haya endurecido.
Un mundo en el que pudiéramos vivir eternamente y, además, rodeados de todas las maravillas y goces posibles, sería, sin ellos, el infierno. No valdría la pena. Son nuestra luz, nuestra esperanza, nuestra razón de ser. Sin nuestros hijos y los hijos de nuestros amigos y nuestros hermanos, sin los niños propios o de la humanidad, sin cualquier niño, la vida se hace cuesta arriba, casi insufrible. Y siendo así, siendo nosotros, los adultos, padres de todos los niños del mundo, es a todos ellos a quienes debemos amor y cuidado sin límites. Con nuestros pares podemos ser egoístas, incluso canallas; con otros adultos podemos combatir a muerte. Todo eso nos será o puede ser perdonado. No así lo que neguemos al niño. No así lo que le arrebatemos.
Felipe podría estar viviendo. Felipe -y muchos más, abandonados, desertados por la sociedad, entregados a su suerte- podría estarlo si realmente practicáramos lo que predicamos. ¿No hablamos hasta el cansancio de la "dignidad de la vida humana"? ¿No predicamos piedad y compasión hasta por una célula si acaso podría, en nueve meses más, convertirse en una criatura? Si juramos preocuparnos tanto incluso por la suerte de un huevo recién fecundado, si decimos que el alma habita aun ese organismo microscópico, si proclamamos respeto absoluto a la vida, ¿dónde están los recursos, las instituciones, los medios, los fondos, la voluntad para hacer de los trasplantes un mecanismo eficiente que nunca más haga esperar infructuosamente a un Felipe? Si nos decimos creyentes o humanistas, si cuidamos hasta los adjetivos que vamos a usar para no molestar al vecino, ¿dónde está entonces la masiva voluntad por donar? ¿Qué significa que el tío o el primo de un fallecido pueda oponer su veto a la vida de Felipe? ¿Cómo puede, un hospital, para evitarse problemas y gastos, poner fin a la vida de un cuerpo donde sólo el cerebro ha muerto y todo lo demás está disponible como regalo sagrado para quien lo necesite?
Ahora vendrán las disculpas. "Se hizo lo que se pudo", se dirá, pero eso no basta. Con la vida de un niño no es suficiente hacer lo que se puede; hay que también hacer lo que se debe, cueste lo que cueste; hay que ir más allá de lo que "se puede", porque lo que se puede suele ser poco, mezquino y cómodo. "Lo que se puede", lo que se hace "en la medida de lo posible", lo que se intenta "hasta donde se pueda" es normalmente lo que se hace hasta donde no nos moleste, no nos haga incurrir en muchos gastos, no nos haga hacer un esfuerzo extra, no nos haga salirnos de la comodidad de la rutina.
Hubiera querido conocer a Felipe, pero ya es tarde. El corazón que necesitaba no estuvo disponible; le fue negado o le fue sustraído por todas las falencias de una institucionalidad y/o poca voluntad que, pese a los esfuerzos de algunos, se queda lamentablemente corta. Tarde para él, pero quizás no para los que vendrán. ¿Haremos algo en serio o nos quedaremos sólo lamentándonos, ofreciendo condolencias, acompañando su cuerpo, abrazando a sus padres?
04.04.2009 | 0 Comentarios
No lo conocí. A él no lo conocí. Sólo a su padre y sólo en el transcurso de una entrevista, durante la cual me impresionó su valor, inteligencia, energía y visión. Imagino, en verdad estoy seguro, que Felipe era igual y posiblemente mejor. ¿Acaso no era un niño? ¿No son, los niños, las emanaciones más puras de lo mejor de nosotros? ¿No son ellos quienes miran el mundo con mirada fresca y penetrante? ¿Acaso no decimos y repetimos que el genio o el santo es quien no ha hecho sino preservar a ese niño en su mente y su corazón? Lo que haya de bueno en nosotros no es otra cosa que el niño que guardamos, el que aun late dentro del pecho, aunque este se haya endurecido.
Un mundo en el que pudiéramos vivir eternamente y, además, rodeados de todas las maravillas y goces posibles, sería, sin ellos, el infierno. No valdría la pena. Son nuestra luz, nuestra esperanza, nuestra razón de ser. Sin nuestros hijos y los hijos de nuestros amigos y nuestros hermanos, sin los niños propios o de la humanidad, sin cualquier niño, la vida se hace cuesta arriba, casi insufrible. Y siendo así, siendo nosotros, los adultos, padres de todos los niños del mundo, es a todos ellos a quienes debemos amor y cuidado sin límites. Con nuestros pares podemos ser egoístas, incluso canallas; con otros adultos podemos combatir a muerte. Todo eso nos será o puede ser perdonado. No así lo que neguemos al niño. No así lo que le arrebatemos.
Felipe podría estar viviendo. Felipe -y muchos más, abandonados, desertados por la sociedad, entregados a su suerte- podría estarlo si realmente practicáramos lo que predicamos. ¿No hablamos hasta el cansancio de la "dignidad de la vida humana"? ¿No predicamos piedad y compasión hasta por una célula si acaso podría, en nueve meses más, convertirse en una criatura? Si juramos preocuparnos tanto incluso por la suerte de un huevo recién fecundado, si decimos que el alma habita aun ese organismo microscópico, si proclamamos respeto absoluto a la vida, ¿dónde están los recursos, las instituciones, los medios, los fondos, la voluntad para hacer de los trasplantes un mecanismo eficiente que nunca más haga esperar infructuosamente a un Felipe? Si nos decimos creyentes o humanistas, si cuidamos hasta los adjetivos que vamos a usar para no molestar al vecino, ¿dónde está entonces la masiva voluntad por donar? ¿Qué significa que el tío o el primo de un fallecido pueda oponer su veto a la vida de Felipe? ¿Cómo puede, un hospital, para evitarse problemas y gastos, poner fin a la vida de un cuerpo donde sólo el cerebro ha muerto y todo lo demás está disponible como regalo sagrado para quien lo necesite?
Ahora vendrán las disculpas. "Se hizo lo que se pudo", se dirá, pero eso no basta. Con la vida de un niño no es suficiente hacer lo que se puede; hay que también hacer lo que se debe, cueste lo que cueste; hay que ir más allá de lo que "se puede", porque lo que se puede suele ser poco, mezquino y cómodo. "Lo que se puede", lo que se hace "en la medida de lo posible", lo que se intenta "hasta donde se pueda" es normalmente lo que se hace hasta donde no nos moleste, no nos haga incurrir en muchos gastos, no nos haga hacer un esfuerzo extra, no nos haga salirnos de la comodidad de la rutina.
Hubiera querido conocer a Felipe, pero ya es tarde. El corazón que necesitaba no estuvo disponible; le fue negado o le fue sustraído por todas las falencias de una institucionalidad y/o poca voluntad que, pese a los esfuerzos de algunos, se queda lamentablemente corta. Tarde para él, pero quizás no para los que vendrán. ¿Haremos algo en serio o nos quedaremos sólo lamentándonos, ofreciendo condolencias, acompañando su cuerpo, abrazando a sus padres?
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